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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2005. 12/05/2005Mis hermanos Laika, el drama de los Perritos de la Pradera es simbólico del drama de la naturaleza en general: ¡no tienen un buen abogado para defender sus derechos!Llegará un día Laika, donde quizas existirán abogados para defender los derechos sea de animales, es decir de un ecosistema, sea de parcelas de tierra, que es lo mismo. No puede, no tiene que tardar mucho este día ya que las cosas, si siguen a este ritmo, no anuncian un buen final. En tiempos nuestros, ser visionario es fácil. ¿Me entiendes, Laika? Pero tenemos la manía de decir que no pasa nada. No pasa nada si los japoneses cazan, sin vergüenza, a las ballenas. No pasa nada si vamos construyendo autopistas y haciendo desaparecer bosques. No pasa nada si el aire que respiramos es todo menos aire puro. Y no pasa nada si unos Perritos de la Pradera, en algún lugar no muy lejano, están desapareciendo a la velocidad de la luz. Bof. No pasa nada, decimos. Bueno, yo digo que sí, que pasa. Laika, escucha. A mi no me gusta que desaparezcan bosques, en realidad me desagrada mucho. Me pone nerviosa pensar que todos los habitantes de estos bosques ya no estén. Me duele pensar en los arboles que habían, en la fauna que los rodeaba, en la atmósfera que existía en este lugar que ya no es. Me hace daño y no lo acepto. Me pongo triste cuando hablo con crios que no saben lo que es un conejo, por ejemplo. O que nunca han visto una araña y su maravillosa telaraña. O una abeja bailando sobre una flor. Pero volvamos a la problemática de los Perritos de la Pradera, estos roedores simpáticos e inteligentes que viven en las praderas americanas y hacen parte integrante, desde centenares de años, de un ecosistema rico y sabio, como lo son todos los ecosistemas. Y es que en el mundo en el que vivimos solo cuentan, más o menos, los beneficios. Cualidad de vida, humanismo, naturaleza ya no son ideales importantes, en realidad es como si ya nada contase, tuviese valor. La vida misma, el ecosistema, todo lo que hace la belleza de un lugar con sus múltiples formas... Así van desapareciendo los bosques y sus magníficos mundos. Y sus magníficos animales. Mientras tanto los Perritos de la Pradera son liquidados sin merced, con la bendición de los políticos que han legalizado el exterminio total de estos roedores. Dicen que son peligrosos cuando los peligrosos son ellos, los grandes y expansionistas rancheros que solo piensan en hacer crecer el campo de sus actividades benéficas. Esto está pasando en Estados Unidos en lugares dónde está prohibido tener un Perrito de la Pradera en casa, pero está permitido matar, torturar, quemar, ahogar, aplastar, estrangular a un Perrito de la Pradera. Este drama, que podría parecer un drama ajeno y hasta dejarnos indiferentes, es un drama que nos concierne todos, americanos como españoles, canadienses como ingleses. Estamos hablando de un crimen contra la naturaleza, contra la vida y contra la tierra. Estamos hablando de un genocidio en el reino animal, de una gran injusticia no solo en contra de los Perritos de la Pradera pero de todo este ecosistema del que te estaba hablando, con sus diversas formas de existencia, del reino vegetal al reino animal, de la vida microcósmica a la vida mamífera, con sus bellísimos insectos, sus ricas plantas, su poética verdura, sus ciudades de roedores, y sus aves salvajes... En realidad todo un sistema que los rancheros han decidido aniquilar, aprovechando un régimen que tiene como presidente un ranchero que solo cree que el fusil (o revolver) es valido. Un día, lo presiento, un abogado irá a la Corte para defender la tierra de un animal en vía de extinción. Defenderá este animal alegando que él fue el primero en habitar estas tierras que el hombre ha decidido de tomar en posesión y destruir. Defendiendo este animal delante la justicia, este abogado, este hombre del futuro, defenderá una parcela que es tuya como mía, que es nuestra parcela a todos, nuestra tierra y la tierra de nuestros hermanos los animales. Para una excelente información sobre los Perritos de la Pradera podeis ir a la siguiente dirección: www.prairiedoglover.com 12/05/2005 23:20 Enlace permanente. Hay 7 comentarios. 21/05/2005Transformación Ô Soleil protecteur, ouvre ta porteDe clarté d´or, qui couvre la Personne Du Dieu de Vérité, Afin que moi, chercheur de vérité, Je le regarde. Ishôpanishâd Hoy me he preparado un arroz a la africana. Hoy, día de mucho sol, de un sol amarillo, fuerte, potente como una llama de fuego, intenso como la mirada de un león. Despertando mi piel, mis sentidos. Desperezando el hambre, la memoria del comer. Y es así como he cocinado el arroz a la africana escuchando a Dead can Dance, dejándome llevar por el recuerdo del exquisito arroz que Maimouna preparaba. Decia Maimouna: - Hay que hacer una comida con ritmo. Es decir con agilidad. Canta, baila, ríe, sonríe. Da energía positiva a todos los condimentos que Allah te ofrece en abundancia, regalo de la tierra. Agradece este don que alimenta tu cuerpo y tu alma. El sol y la comida eran, para mí, como una especie de sinfonía interna en aquellos meses de intensos calores que pasé en la bella y antigua ciudad de Saint-Louis, vieja capital del Senegal. Por la mañana, en las vacías y azafranes playas, la luz real del cielo me acompañaba en este renacer mío, ofreciéndose en acaricia de fuego y energía. Y por la noche, durante la preparación de la cena, los aromas intensos en la cocina de la familia Gueye me alimentaban el alma, que tambien gusta de los olores y de los sabores. Nosotras reíamos mucho, cocinando. Maimouna tenía una risa cristalina, casi marina. Esta risa suya, tan amable y buena, fue la que me permitió entrar en aquella vida, risa que me abrió a la deidad de la ternura y del don, que me ayudó a abrir mi piel, a transformarla. Siempre he pensado que en otra vida yo fui negra, negra como lo era Maimouna, de la raza de los Woolofs. Negra mi hermana africana, negra como el carbón, con ojos que brillaban cual piedras, de estas piedras mágicas que llevaban los brujos, o Marabouts, para estudiar las constelaciones del futuro. Sus manos iban y venían como dos mariposas oscuras, casi azules, misteriosa danza sobre la sartén, suaves manos, volando sin parar sobre los condimentos, dándoles fuerza y energía, triturando, dividiendo, separando o juntando. Todo un juego de magia en las largas noches de Saint-Louis, mundo de sabores y de olores que yo nunca había podido imaginar. Por las mañanas yo era como un lagarto, un lagarto mi cuerpo estático sobre la arena, un lagarto, escuchando a lo lejos las voces de los niños jugar, chillar, reír. Una inmensidad misteriosa me rodeaba y yo, en silencio y como parada en el tiempo, dejaba que aquel calor resbalase sobre mí con una fuerza casi humana o fuerza de un dios, que es lo mismo. Esta fuerza me invadía, y me abría al rezar de los lagartos, transformando poco a poco mi vida en una felicidad inconmensurable y que me recordaba la felicidad de estar ahí, en medio del Sahel. Se había despertado la voluntad de cambiar, radicalmente. Llegar a ser ceniza y volver a renacer, hija de aquellos grandes espacios ocres, desérticos, indivisibles. Maimouna reía, ella sabia que esto no era posible. En todo caso no en esta vida. - ¿Y en otra, Maimouna? ¿Crees en la reencarnación? Y Maimouna no me contestaba, y me hablaba del proceso de hacer una buena salsa de tomate con pasta de cacahuete. - Es en la intensidad que se hace una buena salsa. Y en la paciencia. Una salsa necesita tiempo y un buen fuego. Nunca olvides los pimientos, que son como el corazón de la salsa. No pongas demasiados, ni pocos. La salsa tiene que ser fuerte, picante pero no tiene que quemar. Tiene que doler pero con sabor, con exquisito sabor... Que el paladar viva el sabor con lentitud, como un suspiro, una nube de agujas. Que la boca sienta el calor que lentamente se apodera de todo, pero con suavidad, de la mente, de la piel, de los órganos, un abrazo del cuerpo entero, de los pies a la cabeza. La salsa tiene que tener el sabor del amor, su jugosidad, rojo su color como la vida, como la sangre. Los poros de la piel tienen que abrirse y así el cuerpo podrá respirar, liberarse, limpiarse. Que los sentidos, todos, canten y se expandan. ¿Me entiendes? Y se reía, haciendo un gesto con la cabeza en dirección de los hombres que esperaban afuera, en el pequeño patio. Eran muchos, hermanos, primos, vecinos. Hablaban fuerte y animados, mientras nosotras preparábamos la cena. Discurrían sobre política y economía. Con grandes gestos y grandes carcajadas. Sentados en cuclillas me recordaban a inmensas ranas cantando bajo la noche. No llovió nunca en Saint-Louis, durante mi estancia. La playa fue mía, mi lugar de reposo, mi santuario, mi cama de arena. Me puse tan morena, tanto como las esbeltas mujeres de Mauritania. Maimouna me miraba de reojo. - Yo desearía ser blanca, decia, y tú deseas el espesor de mi color. ¿Cómo es esto? Nos habremos equivocado de vida, quizas. Mucho más tarde, años, ella se transformó en una blanca, con cuerpo de reina africana. Pero esto no lo sabíamos, entonces. - Un arroz a la africana es alquimia, amiga. Transformación. Cambio. Así es de todo. Así tambien de los amores, de los deseos, de las inquietudes. Así es de tu vida, de la mía, de la de mis hermanos. Hoy he hecho un buen arroz a la africana para recordar los cambios en mi vida y para honorarlos. Y para recordarte, Maimouna, amiga que fuiste de mis noches africanas. 21/05/2005 15:10 Enlace permanente. Hay 6 comentarios. 29/05/2005Leyendo a Proust No hubiese tenido que coger este libro, uno de sus 8, ni abrir ninguna pagina, Laika, esto por seguro, pero la curiosidad sádica de volver a probar su escritura y la de volver a entrar, como se entra en un espejo mágico, estos espejos mágicos que hay siempre en los cuentos de hadas, espejos maléficos, abridores de puertas dando a profundidades misteriosas y temidas pero que la heroína tiene que abrir, mirar en el espejo que quizas estaba situado en un recodo de la habitación donde su vieja abuela se moría de una de estas largas y temibles enfermedades que corrían en aquellos tiempos, como corren y saltan los monos enanos en las junglas amazónicas sin darse cuenta que al saltar de rama en rama dejan caer frutas o trozos de ramas que pueden ir a parar sobre la cabeza del andante aventurero que pasaba justamente por ahí, y que hacían de su vida junto a la anciana moribunda largas y tristes vacaciones de un verano sin fin, sin comienzo, para entrar en la profundidad de ella misma, profundidad parecida a la de un pozo como los que, durante mi infancia que pasé muchos veranos en casa de mi abuelita, habitaban en los jardines secos y tristes de sus vecinas, casa la Pepita, o ¨ vieja Pepita regañadientes ¨ como la llamaba mi abuela, pozos que al verlos, siempre me recordaban la muerte de alguno que otro niño (siempre hay historias de niños tirados en los pozos) y que me producían mucha tristeza. Más tarde el simbolismo del pozo se aligeró al ver las películas de Akira Kurosawa, en un momento de mi vida dónde el arte nipones me ayudó a salvarme de una depresión durante un largo invierno canadiense yo sola en un piso en una ciudad verde y solitaria, pero Laika eran pozos dónde los niños veían en ellos estrellas palpitantes y de plata, veían en la profundidad de sus aguas un firmamento abierto y azul, amorosamente humano, que les iluminaba los ojos en forma de media luna, y ellos reían al verse en las aguas tenebrosas de aquellos pozos dónde un niño se había tirado, incapaz de ver el firmamento estrellado. Y es efectivamente entrar en algo inseguro como es el tiempo que produce en mí leerlo estirada sobre la cama, o en el jardín mientras tú juegas con tus amigos los perros y el sol resbala de lado sobre las hierbas aún húmedas del amanecer cuando la ciudad aún no lleva en sí su fuerza devastadora, un tiempo fuera del tiempo, y nace en mí como una sensación de agobio total, por su grandeza y su infinita visión de algo que no se puede medir, el tiempo, su concepción más bien vertical que horizontal, (lo que me recuerda esta visión que tienen los budistas del camino que hace el alma en sus a-temporales viajes), y es tan fuerte este agobio que muchas veces dejo el libro de lado y me digo ¨ basta ¨ pero poco rato después vuelvo a cogerlo como si fuese una caja de algún tesoro escondido por algún pirata y la voz de mi abuela me dice que pare de leer y que de ¨ tanto leer tonta te volverás ¨, pero yo sigo y me hago la tonta, el jardín brilla bajo la luz de un sol que es como una gruesa mano de titán, potente su luminosidad sobre una palmera que hay en medio del jardín desmoronado de la casa de mi abuela pero que ella adora porqué le da un poco de sombra por las tardes dónde este sol, que es fuerte y que debe ser, para la niña que soy en aquellas tardes amarillas, de una deidad terrorífica y destructora, lo seca todo, los rosales que ella ha plantado con tanto cariño, sus plantas aromáticas, sus tomateras, y sigo leyendo haciéndome la tonta o la sorda un libro de aventuras de unos niños que viven la Primera Guerra Mundial (en Francia, en algún pueblo de la Meurthe et Moselle) como un juego vital que hará de ellos unos adolescentes intrépidos y valientes, más tarde, y que está haciendo de mí una adicta de lo que es el leer, este viaje en la interioridad de mi misma, una puerta que abre sobre mi firmamento interior, que debe ser azul como el fondo del mar y habitado por mundos extraños, seres más incongruentes aún que lo que puede imaginar mi dormir con sus sueños, libro que ahora es el abrir de Proust en mí, de su visión extraordinaria de la vida, de su fe en el sentir y el vivir, Laika, ¿me entiendes? y no paro de marearme al leerlo como si mi mente, pero más aún, mi inteligencia y hasta diría yo mi espíritu hubiese encontrado una entrada secreta en una espiral, se hubiese introducido en ella, de ahí este mareo y este agobio y estas ganas de tirar el libro por el suelo, pisotearlo, destruirlo, o tirarlo por la ventana y que caiga sobre la cabeza de algún transeúnte distraído que al recogerlo mirase el titulo de la cobertura y se preguntase quien es este autor, Proust, y abriese la primera pagina por curiosidad, simplemente por pura curiosidad ya que después de todo este libro le ha llegado del cielo, como fruto divino, y no puedo ya que estoy en ella, magnifica y bella espiral, muchos la comparan a una gran catedral, críticos de gran nombre hasta pueden definir de que manera estaba creada esta catedral que fue su obra, pero yo prefiero verla como una simple espiral, más cerca de la naturaleza que él amaba tanto porqué en ella había encontrado tantas respuestas, inmensa espiral como es la vida y es mi vida ahora leyendo a Proust.29/05/2005 00:04 Enlace permanente. 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