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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2005.

07/02/2005

Un domingo, leyendo

una cara de corazon.jpgHe abierto el libro y de repente he oído su voz.

Anímo... ¿No ves el sol, afuera?

He mirado alrededor de mí, pero no... Su voz.

Aquel día su voz era clara como un chorro de agua fresca. Así me parecen sus palabras, hoy. Era domingo y yo era una chica muy desgraciada. Estaba enamorada de un hombre que no me convenía, yo lo sabia pero no quería reconocerlo. Son cosas que pasan, el saber sin querer. Sobre todo cuando eres joven y crees que amar un hombre duro y malo hace parte del amor.

¿Que no ves el sol, hija mía?

No, yo no veía nada. Ni el sol, que era como oro derramado sobre la nieve blanca de aquel domingo triste. El libro yacía entre mis manos, como una reliquia querida. Lanza del Vasco y su itinerario.

Mi desgracia ahora me parece una cosita sin importancia. Una cosita aquellos sinfines momentos de gran dolor. Como todo es relativo en la vida, hasta el pasado. Y mi madre, del otro lado de la isla de Montreal, me mostraba el sol y yo no lo veía. Yo, simplemente, no podía verlo.

Ale, anímate. Papá irá a buscarte, tú anímate, sencillamente. Ven, he hecho paella.

Aquel hombre que obsesionaba mis días ahora quien sabe dónde está. Y nunca pienso en él, apenas lo recuerdo. ¿Qué es lo que tanto me gustó en aquel cuerpo que hoy he olvidado hasta su olor, su tacto? Ya nada, hoy, me parece razón para sufrir. Sobre todo un hombre. Un hombre que no me convenía.

El sol, la voz de mi madre, el libro de Lanza... Y un hombre que ni recuerdo.

La memoria juega a encontrar pistas entre objetos perdidos, casi inexistentes. El sol aquel, perlas en el aire de un domingo de invierno, ya no está. Ni mi madre, que por una vez quiso animarme, ni yo, este yo insignificante perdido en el tiempo que leía a un escritor visitando la India en busca del gran maestro. Todo esto está y no está. Todo aquello es una ilusión.
Y sin embargo, Laika, hoy aquí oyendo su voz mientras mis manos acarician este libro viejo y arrugado que yo leía aquel domingo. Mi madre, que siempre me ha hecho trabajar la compasión, me está hablando con compasión y cariño entre tiempo y tiempo, entre memorias y recuerdos, entre tantos años y tantos amores perdidos y olvidados.

¿Que no ves el sol, radiante y fuerte?

Hoy está lloviendo y tengo que decir que amo la lluvia y los cielos grises. Me gusta salir contigo, perra, y oler la humedad en el aire. Me gusta la soledad, la vida sin amores duros e inconvenientes, me gusta oír voces del pasado que me enseñan que todo pasa y que nada, realmente, es algo acabado, algo estático.

Si miro aquella mujer leyendo un libro veo en ella, ya, el cambio. Yo leía a Lanza del Vasco porqué no aceptaba aquel disfraz de mujer sufridora. Deseaba algo más. Colgué el teléfono y me levanté. Salí a la calle, el sol radiante me hizo cerrar los ojos. Había nevado durante la noche y el suelo parecía un gran pastel de queso blanco y duro.

Sola y, seguramente, fuerte, empecé a andar.

Sí, el sol era un gran circulo ocre en el cielo de aquel domingo.
07/02/2005 14:53 Enlace permanente. Hay 6 comentarios.

11/02/2005

Ah, los hombres

hombre.jpgEl pastel de Luisa, de soya y con dátiles, está delicioso. Lo tomamos sentadas en el comedor en compañía de Laika y de Salem.

- ¿Así que no recuerdas a tus primeros amores?

Le sonrío a mi amiga. Siempre, hablar de hombres, le hace subir la tensión. Lo percivo en su voz que de repente a tomado un aire nocturno y oscuro.

- ¿Te molesta que sea así?

Luisa ríe, acariciando las orejas de Salem que ha saltado sobre sus rodillas. Su risa... es algo tristona. Yo no quiero que mi amiga esté triste. No quiero que mis palabras le recuerden amores desgraciados. O más, que simplemente le recuerden hombres pasados. Pero Luisa tiene memoria, como todas nosotras, ¿no? Esto pienso mientras saboreo otro trozo de pastel.

- Los hombres son enseñanzas, creo, digo. Una vez aprendidas, o almenos una vez descubiertas, hay que pasar a la practica y olvidarse del profesor.

Es tarde porque Luisa ha venido después de una reunión de trabajo. He puesto a Sade, he encendido una vela que desprende el delicioso aroma de Lavanda, mi planta preferida entre todas. Laika esta sentada al lado mío y parece una estatua egipcia con sus ojos cerrados y sus orejas levantadas, en atención. Prefiere escucharnos que comer el pastel. Sí, es tarde y ya no se oye ningún ruido exterior. La ciudad, alrededor, duerme.

Los hombres... siempre los hombres. Vivimos con ellos, vivimos por ellos, vivimos a través de ellos. No somos nadie, creemos, sin los hombres. Hasta que un día nos damos cuenta que es al revés, que ellos sin nosotras no pueden ser nadie ni nada. Pero cuanto tiempo y cuantas historias antes de darse cuenta de ello. Y cuando tomamos conciencia de esto que es tan evidente, tan claro, se nos atraganta el aire en la garganta. Ah.

Uy, hubiese dicho mi abuelita. Cuidado con los hombres, cuando se habla de los hombres. Cuando se piensa en los hombres. Cuidado, nena.

Vale, vale...

Hace mucho que no hablo de los hombres. Solo con Luisa, pero sino, no. Hablo con los hombres, esto si. Me gusta entrar en sus mentes, tan... ¿cómo diría? tan así. Es cierto que no hay ningún Ivan en mi vida, para hacerme soñar. Por cierto, ¿qué pasa con el ruso?

- Se ha ido a su tierra, a su querida estepa. Me ha abandonado. Que buen profesor he tenido, hija. No me ha servido de nada.

Laika ha abierto los ojos y fija a mi amiga. Calma, Laika... ¿no ves que las mujeres somos medio tontas?

Recuerdo: hubo un hombre que me clavó un puñal, en sentido figurado. Era inteligente, cultivado, universitario, había hecho una maestría sobre un gran revolucionario guineano, torturado en las tristes prisiones del dictador africano. Yo lo escuchaba, siempre, con mucha atención. Me gustaban, en aquella época, los hombres inteligentes, cultivados y universitarios. Pero este me clavó un puñal y del día a la mañana me encontré muy sola, y tuve que abortar y a partir de este instante mi vida cambió, decidí que nunca más me enamoraría de hombres así. Fue una gran revelación. Empezaron a aparecer, en mi camino, hombres-ángeles. Aprendí mucho. No solamente ángeles, pero hombres buenos, simples y buenos. Una gran enseñanza que me aportó el doctor especialista en héroes mártires de la Guinea de Sekou Touré. En silencio le doy las gracias.

- Era un buen tipo, sin embargo, el ruso. Me gustaba su locura de los grandes espacios, ha hecho bien en irse. Aquí estamos todos demasiado apretados, parecemos calamares en conserva.

- Si, pero me ha dejado y esto es difícil de aceptar.

Laika se ha levantado y con mucha suavidad se acerca a Luisa, quiere que esta le acaricie la frente. Salem ha saltado sobre el parquet y desde ahí, estirado como una pequeña pantera negra, nos mira de reojo. Es difícil, si, aprender. Primero perdonar y luego aceptar que no somos perfectas. Luisa, para el ruso, no puede igualar la tundra, con sus misterios y sus voces subterráneas. Ivan no puede transformarse en un príncipe. Así es la vida.

Y sin embargo en esta misma imperfección de los hombres, que es la nuestra tambien, yo veo como unas luces extraordinarias, como mapas a recorrer. Me gustan los hombres porqué son como las mujeres, incompletos, frágiles, buenos y malos a la vez, infinitamente misteriosos, complicados, duales, profundos. Me gustan porqué gracias a ellos he crecido, he perdonado, he aprendido y enseñado. Ah, hombres de mi vida, cruces y alas, caminos sin salida, rutas de locura, pájaros en mi mente sois, suaves recuerdos y crueles pesadillas. Pero base de mi crecimiento personal. Yo no puedo ser una mujer sin un hombre. Sin los hombres.

Claro, claro, hubiese dicho mi abuela. Así, así. Y nada más.

Laika ha apoyado su cabeza negra, fina y delicada, una perfecta cabeza de pastora belga sobre las manos de mi amiga Luisa. Luisa no puede sentirse triste con tanta presencia y tanto cariño.

- Pero bueno, dice ella, aquí estoy. ¿Te ha gustado mi pastel de soya?

- Si, pero a Laika no le ha gustado nada.

Luisa ríe y siento que esta vez no hay tanta pena en su garganta.

Prometido, asegura mi amiga, que la próxima vez hará un pastel de queso sólo para Laika. Y Laika, entendiendo, le lame la nariz.
11/02/2005 21:55 Enlace permanente. Hay 16 comentarios.

23/02/2005

Una noche con Pedro

pareja-Silhouette.gifAh, me gustaría decir que todos los hombres son como Pedro, como el Pedro que acaba de entrar en mi habitación, sonriente, feliz, su mirada azul de mar tranquilo.

Hacia tiempo que no veía a Pedro. Esta tarde ha venido a visitarme.

- ¿Y si fuésemos al cine? pregunta sentándose sobre la cama.

Hace tiempo que no he ido al cine con un hombre. Detrás de los ventanales se puede ver el cielo que a esta hora tiene tonos rosados. En silencio miramos un horizonte pintado como por una mano divina. Me gustaría que lloviese y tronase. Me encantan las noches rosa oscuro, las noches tiernas y turbulentas.

- No he visto la ultima película de Arcand, dice Pedro acariciando uno de mis gemelos.

- Yo sí, es muy buena. Vale.

Me levanto y la sombra de mi cuerpo se pasea por las paredes. La habitación está bañada por la luz suave de una vela que desprende el perfume de la lavanda. Mi cuerpo es como una gran planta, fuerte y viva. Verde debe ser mi sangre, verde y sabia.

Mientras me pongo el tanga y unos leotardos negros estudio a Pedro, el cuerpo de Pedro. Es bello y robusto, macizo, potente. Pero no es bello por esto. Es bello porque es el cuerpo de Pedro. Porque simplemente el cuerpo de Pedro es otra planta sobre mi cama de azur. Energía, imprescindible energía de la vida.

Un vestido rojo oscuro muy escotado. Me peino y mi pelo negro brilla en la tenue oscuridad. Mi cabello son algas que flotan en el aire desprendiendo una luz que los ojos no perciben pero que es. Este pelo que momentos antes Pedro ha tirado con sus dedos, con sus manos fuertes como la madera.

Somos energía, energía y vida, energía y luz sutil.

Un collar alrededor de mi largo cuello. Una mascara de cobre que, decía la bruja negra, llevaba suerte y fertilidad.

- Póntela un día de luna llena y escucharas las voces de las ranas...

Una pulsera en forma de serpiente. Un anillo con el símbolo de la espiral. Pedro sonríe.

En la calle, bajo el cielo que ahora es una capa negra y espesa, nos quedamos un largo rato oliendo el aire, oliendo la noche. Somos como dos animales que acaban de gozar de una unión terrenal, abierta y cerrada a la vez, una danza entre el Ying y el Yang. Las alas de mi nariz palpitan, el olor de la calle, fuerte y un poco amargo, la fragancia de Pedro, sal y agua y tan cerca, la mía... Hay poco trafico porqué en la tele dan un partido de fútbol. Hace frío, Pedro me rodea la espalda con sus brazos bondadosos.

En el coche me siento como dentro de una cueva. Escuchamos a Philippe Sarde y tengo la impresión de estar en otra ciudad, de vacaciones. Miro a Pedro que sin su uniforme parece más serio pero tambien más joven. Le acaricio la rodilla, símbolo según muchas tradiciones del poder del hombre, y Pline decía símbolo de potencia.

La noche, al lado de Pedro, me parece un espacio abierto, infinito, alegre. Iremos al cine a ver una película sobre el amor y la compasión, el amor y la amistad. El amor, la muerte y la vida. Y luego, quien sabe.
23/02/2005 20:44 Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

25/02/2005

Entre una hija y una madre

madrecita.jpgMadre, ¿me perdonas?

Y el silencio me responde. Es muy tarde, no puedo dormir, he cerrado los ojos...

A veces hay días en que tengo cita con ella, aquí, dentro de mí. Cuando necesito volver a verla, a mirarla, a estudiar su faz redonda y agradable, su mirada tan brillante, sus largas pestañas.

Madre, perdóname... ¿Qué no me oyes?

Recuerdo sus manos que eran anchas pero con dedos muy largos. Recuerdo aquel día de invierno cuando las sentí temblar apoyadas sobre mi brazo y lo mucho que me dolió aquel temblor de vejez. ¡Cómo me enfadé! Con migo y con los ancianos y con la vida misma. Y mi mal humor fue como una chispa en el aire y sé que te dolió como si te hubiese abofeteado.

Dónde estas, madre querida que he amado tan mal. Madre separación, madre misterio. Donde, como. ¿O acaso no sabes lo mucho que te necesité entre el odio y el amor? Lo triste que luche para no parecerme a ti, lo mucho que aprendí con el rechazo y el desprecio.

Y que pasa. Las hijas tenemos a nuestras madres como guías, como ejemplos, nuestras madres que son aire y pan. Ellas nos muestran una visión del mundo que acaba siendo nuestro mundo. Tú fuiste la que me enseñaste que los hombres no eran buenos. No parabas de criticarlos, de señalarlos con desdén y cinismo. Yo supe, desde jovencita, odiar a los hombres. Y a largo plazo a la vida. Y a despreciar al primer hombre, mi padre. Y a partir de este aprendizaje mi vida siguió un camino. Y que no siempre fue un buen camino.

Ahí, en este espacio de odio y de búsqueda, de descubrimiento y lucha, empecé a separarme de ti. Ahí, en el recodo del mal amor, de la pasión, del sexo reprimido y liberado a la vez, empecé a juzgarte. Y claro, madre, a juzgarme, claro, claro, claro...

Pero no fue tu culpa, yo te he perdonado. Hay que perdonar la mala educación, hay que compatir cuando enfrentados a la represión ajena que tarde o temprano se vuelca en contra de nosotras mismas. Yo te he perdonado, madre. No fue tu culpa. Como no fue tu culpa que yo me revelara. No fue culpa tuya tus limitaciones, ni las mías. ¿De quien, pues? Ah, esto es otra historia...

Perdono la visión cerrada que tuviste de mí misma, que era la misma que tenias de ti. Perdono el abismo que había entre tú y padre, que fue el que busqué en mis parejas. Sí...

Pero un día, un día espeso, húmedo y muy importante en mi vida, quizas el más importante, me liberé de ti, me liberé de mi madre sacrificando mi maternidad sobre una cama de quirófano.Y cuando salí de la clínica de Morgentalor supe que nunca más la visión de tu mundo sería la mía.

Y en agosto, recuerdo, oyendo las grandes tempestades de aquel verano tan triste, empecé mi propia educación a la vez que empezaba el duelo de una vida que yo había rechazado. Sí, madre, aquella cría que hubiese podido ser fue sacrificada para que yo pudiese amarme, finalmente.

Hoy te pido perdón por mi silencio que me ayudó a cambiar de camino, por mi rechazo y por haberte juzgado en todo mi itinerario de mujer adulta. Por haber creído que eras responsable de mis faltas y mis tropezones. Por haberte tenido responsable de mis decisiones drásticas y dolorosas.

Por no haberte nunca pedido perdón.

Tú, tú eras simplemente una madre, simple, buena, inconsciente. Hiciste lo que pudiste, lo que supiste. Nada más aunque yo quisiese más. Aunque yo pidiese a gritos lo que tú no me podías ofrecer...

Ah, esta noche es pesada y amarga. Contiene espacios de incomunicación, de penas, de palabras calladas por el miedo y el temor.

Madre, ¿me perdonas?

No... No respondas. No pido nada, no quiero nada. Tenemos tiempo, tú en la eternidad y yo en este camino interior.

Escuchando: Musique de film, Les Choses de la Vie de Philippe Sarde
25/02/2005 13:53 Enlace permanente. Hay 10 comentarios.


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