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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2005. 06/01/2005Mi Africa Africa fue mi primer amor, Laika. Africa, sí... Africa negra, espesa en su negrura reluciente de colores. Africa, mi madre Africa. Mi amor, mi pasión, mi despertar. En sus brazos que tenían la sonrisa de aquellos niños tan encantadores, en su pecho cuando me dejaba abrazar por los ojos de Maimuna, la hermana de un hombre que yo amaba, en su vientre cuando los tam tam hablaban en medio de la nitidez del calor nocturno. Sí, Africa, patria de mi corazón enamorado. Y desde aquel entonces, patria de mi vida, de mi alma. Desde entonces, Africa, mi continente preferido, hábitat de mi mundo imaginario, de mis sueños y deseos. De mis esperanzas y desengaños. Cada mañana, cuando abría los ojos, me sentía otra. O mejor dicho, sentía que mi ser se iba poco a poco transformando en alguien diferente, más bueno, más libre, más humano. Africa me enseño la solidaridad, yo que llegaba de un país dónde la individualidad es reina. Laika, yo estaba cambiando porqué estaba naciendo. Y mi madre era Africa, la bella, la fuerte, la materna Africa. Ella era mi guía. Era la época seca y mis pies saboreaban el suave andar sobre aquel paisaje dónde todo me parecía virgen. Aprendí a reír, a bailar, a escuchar el despertar de mi cuerpo. ¡Africa! Mi piel blanca supo unirse en un acuerdo silencioso con la piel suave del negro. Quiero el color de tu piel, quiero ser negra como la madera oscura de las mascaras. Hermana, Maimuna de mi alma, enséñame a ser africana, muéstrame el camino. Por las mañanas tambien me despertaban los cantos al gran Mahomet desde la cumbre de la mezquita. Cerraba los ojos y me dejaba mecer por aquella voz potente y misteriosa. Africa, fuiste un don en mi vida, un regalo. Cuando volví yo había cambiado de piel. Había aprendido la relatividad, el poder de entrar en el espacio del otro y entender desde la otra mirada, la otra piel, el otro color. Como me duele, Africa, el silencio que te rodea, el olvido, el sufrimiento que estas viviendo, tus hijos que sufren, y sufren sin parar. Como si no existieses tú que eres la reina de todos los continentes, la más rica y fuerte, poderosa con tus minerales y tu fauna, tus inmensos lagos, tus picos soberanos... Espaciosa, misteriosa, indefinible. Eres el espejo de la crueldad y de la bajeza humana, de la soberbia y del egoísmo. Un dedo que señala nuestra indiferencia y nuestro despotismo. A cada vez que te contemplo me duele el corazón, se pone de sílex mi alma cuando veo tus guerras tribales, tu dureza y tu falta de misericordia. Eres tambien entonces la madre de un infierno humano. Enséñame le decia, enséñame a ser una africana. Apréndeme a rezar sobre esta tierra de color ocre como el oro de tus ojos. Maimuna, dime que soy tu hermana aunque mi piel no tenga el mismo resplandor que la tuya. Y Maimuna sonreía, como desde muy lejos. Su sonrisa era paciencia y bondad. Con una mano apretaba su bubú alrededor de su cuerpo largo y estrecho, moreno como la rama de un árbol quemado. Tranquila, me decia su mirada. Me cogía de la mano, me mostraba que la piel, blanca o negra, es piel. Como la tuya, como la mía. Somos hermanas, sí... Africa, simplemente... Escuchando:Drums. African Percussion, Joliba, African Drumming 06/01/2005 22:15 Enlace permanente. Hay 6 comentarios. 18/01/2005Silencio Muestráme las cosas tal como sonRumi Que bueno es el silencio, amiga Laika... Aquí, junto a ti, oyendo tu respiración, y sintiéndote toda tú, toda tu energía. Y es que en el trabajo, en el hotel, no hay silencio estos días. Estamos de reparación y cambios y aquello parece más un circo feliniano que un hotel de tres estrellas. Además, tenemos a un grupo de damnificados como residentes. Hay mucho ambiente, eso sí. Sin embargo yo necesito en estos días, y mucho, el silencio. Que es, para mí, como retomar el tiempo en mano. Mi tiempo, mi vida. Mi historia. Para no perderme ni ahogarme. Para emprender esta nueva etapa de mi vida. En el silencio puedo al fin oír la voz suave de mi madre cuando me decía: nena, creo que me estoy muriendo... Esta frase se me ha quedado gravada en mi mente y a ratos, cuando estoy en silencio, la oigo. No quiero olvidarla, es una frase muy importante. Mi madre, en ella, me está mostrando el camino de su muerte. Y yo acepto, en silencio. Nena, nena... En el trabajo, este escenario que me recuerda tambien el mundo loco de Tati, me dejo llevar por el movimiento del cambio. Hay mucha adrenalina en los pasillos de mi hotel preferido, mi segundo hogar. Hay voces masculinas, ruidos metálicos, olor a madera. Hay los ancianos que decoran la recepción con sus historias trágicas y de gran soledad, hay los turistas, los pocos que quedan, y hay las chicas, mis compañeras. Me dejo llevar, como en una ola simpática. Pero en casa es diferente. Aquí, contigo a mis pies, me quedo largos ratos en una gran quietud. Escucho mi respiración. Nena... No es fácil. Los días pasan y sabes que no la volverás a ver mas, ni a tocar, ni acariciar su suave mejilla. Un día, en una biblioteca dónde estuve trabajando, una mujer me pidió un libro. Estaba nerviosa, la mujer, ansiosa y muy a lo fondo, desesperadamente triste. En el acto me levanté de mi silla detrás del mostrador de la sección de Referencias. Y juntas entramos en el laberinto de los largos pasillos de aquella biblioteca que la mujer de rasgos tristes había elegido para encontrar una respuesta a su gran dolor. Ella y yo encontramos finalmente el libro. Era The Tibetan Book of the Dead. Cuando lo tuvo entre las manos, la mujer se puso a llorar. Yo, en silencio, escuchaba sus lagrimas, espesas de historia y de dolor. Después de un rato, de estos ratos sin minutos ni segundos, la mujer dijo: Es que mi hija, de 6 años, se ha muerto. Y quiero entender, entender. Más tarde, años más tarde, esta mujer se me apareció en una historia muy conocida del Buda, una historia que habla de una madre que acaba de perder a su hijo. Y como el Buda, aquel hombre tan bueno y simple, le ayudó a entender. Entender, indagar... Como siempre, en momentos difíciles, me acompaño de libros, en este caso de dos, dos compañeros de mi silencio. Aquí están siempre cerca de mis manos. Mariá Corbí, Anne Morrow Lindbergh. Son dos amigos, dos luces. Hasta en la cama me los llevo. Debajo de las sabanas los acaricio antes de dormirme. No me dejan sola en este largo silencio. Dos faros, dos planetas, dos firmamentos donde apoyar mi frente triste. No es que los libros den respuesta, no es tan fácil. Tampoco el Buda le dio la respuesta a aquella mujer que, desesperada de dolor, acudió al gran maestro. El Buda simplemente le dio una pauta. Ves y mira. Pregunta , indaga... Y verás que en todas las familias, en todos los hogares alguien ha muerto. No hay nadie, absolutamente nadie que esté protegido por esta fatalidad que es la muerte. Laika, cuando comunico con Anne Morrow Lindbergh, cuando sus palabras bellas y claras me acarician la mente y llegan hasta mi corazón, cuando cierro los ojos y la veo, gran dama, me acerco a una verdad que es el compartir del dolor. Un dolor sin fronteras, un dolor universal. El suyo, cuando asesinaron a su hijo, el mío, el de mi vecina, el de todos. Un dolor que Buda hizo entender a la mujer que fue hacia él para que le devolviese a su hijo muerto. Mira, nena, mira... Dice Mariá Corbí: La insuperable verdad final se dice inmediatamente en las montañas, los ríos, la tierra, las plantas, los árboles, los bosques, los animales y las personas. Y se dice con igual evidencia en la vida y en la muerte, en el bebé y en el cadaver, en el adolescente o en el enfermo de cáncer terminal. Déjame cerrar los ojos madre, déjame meditar en silencio tus palabras que resbalan sobre mí como alas de mariposa, alas que me transforman, me abren los ojos del corazón y de la mente. Por la noche el silencio es como una gran nube de oro y plata que me rodea y me habita. 18/01/2005 14:17 Enlace permanente. Hay 14 comentarios. 30/01/2005Reflexiones sobre el invierno Aquí estamos, Laika, en pleno invierno.En los países nórdicos hablar del tiempo que hace es el tema principal de todas las conversaciones. Uno vive pensando en ello día y noche. Es como una obsesión. Y lo primero que hace uno al despertarse es ir a la ventana y mirar que tiempo hace afuera. Esto siempre, verano como invierno, pero sobre todo en invierno. He vivido en un país nórdico durante muchos años, Laika. Estoy hecha, en el fondo mío, de una parte de aquel paisaje blanco y gris, límpido como una capa de cielo helado. Los inviernos, que duraban 8 meses, han construido una parte de mi interioridad y yo he tenido que amoldarme a ello, para sobrevivir. Gilles Vignault, el gran poeta de aquel país mío, cantaba y muy acertadamente: Mi pais no es un pais, mi pais es el invierno. Y es que el Canadá es una tierra que roza el Polo Norte. Las temperaturas pueden bajar a menos 40. Uno puede pasar meses sin ver el sol. Es de noche a las 3 de la tarde. Una, repito, esta hecha de esto, de paisajes de mármol, duros e intransigentes, de cielos grises, de temperaturas extremas. Una tiene dentro espacios de agua cristalizada, de Viento del Norte que viene cantando su sinfonía revoltosa y triste. El invierno, después de tantos años de haber convivido con él, hace parte de mi personalidad, de mi mundo imaginario y de mi simbolismo personal. Por esto a veces sueño con el Polo Norte. O con irme a vivir en Groenlandia. El invierno, Laika, es una manera de pensar y de ver el mundo. Ah, Laika, escucha la voz del invierno... Es una voz fría y profunda que habla de gran soledad, de interioridad, de separación. No es por nada que uno de los animales que representan más el Norte Canadiense en el arte Inuit es el oso. El oso representa el individuo solo en medio de un gran desierto blanco, frío y salvaje. Es, este animal majestuoso y bello, símbolo de soledad y de fuerza, de valentía y de coraje, de capacidad de adaptación y tambien del saber retirarse para invernar. Estas fuerzas del oso pero que tambien estaban en los genes de los nativos del país, los indios, los Inuits, y luego más tarde en los grandes exploradores como Jacques Cartier. Cada emigrante que ha llegado en el país ha tenido que transformarse en un oso para sobrevivir. Yo así fui. Un oso de piel dura e impermeable, quizas un oso un poco romántico en mi caso, pero oso. Y una parte de este oso que fui se ha quedado en mi, duerme en mí como en una cueva oscura y sencilla, protegido del viento, del frío, del mundo exterior. A veces me llama, está solo. Necesita que lo mime, que le diga que es normal este silencio, esta necesidad de alejarse, de retirarse para retomar fuerza y energía. Que es normal y sano esta necesidad de soledad, de cerrar puertas y ventanas al mundo exterior y de decir no. Le tengo que tranquilizar y alimentar con historias de nieve y frío. Con cuentos de osos aventureros que van hasta la punta del mundo para encontrarse a sí mismos. Tambien, a veces, le canto poesías dónde el Viento del Norte es el portador de mensajes que llegan de la tundra y de su mundo misterioso y habitado por animales que viven tambien una gran soledad. El oso en mí cierra los ojos, en invierno, y se duerme en mis brazos maternos. Cuando llegue la primavera estará más fuerte y valiente. Pero por ahora, Laika, hay que mirar el invierno como una etapa de transición recordando que todos, tú tambien, lo llevamos dentro como un tótem, con sus mundos mágicos y sus historias de frío. 30/01/2005 08:48 Enlace permanente. Hay 10 comentarios. |
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