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Corazón, corazón

Laika, hoy tengo ganas de hablar del corazón. Y no sé por donde empezar ya que el corazón es muy misterioso.

Vosotros los perros tenéis un corazón muy grande, grande como el universo, infinito corazón que tenéis. Abierto, manso, vivo. Como os envidio. Y es que nosotros, pobres seres humanos, tenemos un corazón y no sabemos que lo tenemos.

Que difícil es escuchar nuestro corazón.

Tú, Laika, corazón eres a parte entera, corazón cuando te despiertas, corazón cuando me miras, corazón cuando juegas y comes. Y sin embargo yo, para tomar conciencia de mi pequeño corazón, tengo que pararme y entonces escuchar. Si, ahí está. Su latido, su movimiento, su energía. Motor, centro, energía, fuego. Aquí está, dentro de mí. Aquí está, presente, único, músculo central, capitán de mi nave.

Pero aún así, no lo escuchamos. Hacemos como si no existiese. Prescindimos de él. Hacemos como si este corazón nunca tuviese que fallar, hacemos como si nunca tuviese que parar. No lo escuchamos. No oímos su voz intima que nos habla de lo esencial, es decir de la vida. Preferimos seguir la voz de la mente, que miente.

El corazón habla del ahora. Yo lo veo en ti, Laika. Tu actitud es infinitamente presente. No es que no tengas cabeza, Laika, no te molestes! (Y muy bonita, desde luego). Pero prefieres, entre tu cabeza y tu corazón, seguir el camino de tu corazón. Es el más simple y el más difícil. Pero los perros no tenéis miedo.

Nosotros, hormigas de dos patas, elegimos siempre lo más complicado y lo más fácil. No queremos sufrir, por esto elegimos la ruta de las ideas. Siempre analizamos. Siempre conjeturamos, huyendo así del centro, del corazón, de lo esencial. El corazón nos pide, sin cesar, presencia y don. Y esto no lo queremos.

Cuando te das a mí, Laika, te das toda tú, sin caretas ni disfraces, simplemente tú y tu corazón. No hay lugar al miedo en este elan tuyo. Hay alegría, dolor, pena, pero no hay miedo. El corazón no tiene miedo puesto que para él solo hay presencia en el presente.

Enséñame, Laika, a darme con todo mi corazón. Enséñame a prescindir de discursos y palabras. El corazón vive, siente. Cuando sufre, su dolor es tan grande que se retuerce dentro de mí, pobre corazón mío. Cuando se alegra es tan feliz y se expande a tal punto que tengo la impresión que le falta espacio aquí, dentro de mí.

El corazón late, late y me habla a su manera, sin palabras, sin discursos. Es un guía sabio que no huye ante nada, ni ante el horror ni ante la belleza. Es como un guerrero infalible, un caballero fuerte y valiente. Aquí estoy bajo el sol, bajo la lluvia, en medio de tempestades, aquí me tienes, bueno, transparente. Agua seré para tu sed, luz en la oscuridad, pan cuando tengas hambre.

Si sigues mis pasos, el tic tac de mi voz, no es que huyas.
Si sigues mi marcha simplemente serás menos ciego.
15/05/2004 16:37

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